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La música que escribo son fragmentos de mí, o mejor dicho, pequeñas células desprendidas de mí en un determinado momento de mi vida. En general compongo sumida en un estado emocional muy intenso, arrastrada por alguna experiencia que me ha sorprendido. Por eso mis canciones son una versión musical de las anotaciones que hago en mis diarios y terminan siendo mi autobiografía menos ingenua.

No soy modelo para nadie ni me interesa dejar ningún mensaje. Compongo para mí, y en el momento de estar haciéndolo no sé acerca de la existencia de nadie más que de mí misma.

Sin embargo, qué difícil es sostenerme en el aislamiento. Y entonces salgo a darme a conocer. Y descubro que el momento en el que otras personas me escuchan y se emocionan conmigo es tan intenso como el de la composición.

Desde las canciones árabes que mi madre me cantaba de niña hasta la música clásica que marcó los primeros 13 años de mi vida, a los que me precedieron les debo sus ocurrencias y el entusiasmo que me generaron.